Último concierto de la temporada de la Orquesta Juvenil



La elección de las obras para el último concierto de la temporada en la Facultad de Derecho, no tuvo desperdicio. Obras de entre 7 y 15 minutos de duración, dos de ellas con solistas y otras dos con coro, de compositores cuyos estilos difieren bastante entre sí, sumado a ello una obra de un compositor argentino.

La duración, variedad y diversidad ayudaron muchísimo a mantener La atención y a que el concierto sea ameno, en un momento del año en el que estrés y el cansancio de la rutina anual, se hacen más presentes que nunca.

 

Por Camila Ramadán.

 

El “Ciclo de Grandes Conciertos” en la Facultad de Derecho comenzó en 1949, a los pocos años de inaugurar el edificio. Originalmente fue los días jueves, y a partir de 1995 comenzó a realizarse los sábados. Ofrece en la actualidad, casi un centenar de conciertos anuales.

Aunque todas las semanas hay una cita presente, la última vez que fui a  un concierto en la Facultad de Derecho, todavía ni estaba en planes la estación de subte homónima. Aún más, creo que ni siquiera se había inaugurado la anterior. Haciendo más memoria y cometiendo un sincericidio, me animo a pensar, que a la Orquesta Sinfónica Juvenil Nacional “José de San Martín” hace aún más tiempo que no la escucho.

Me dirigía al concierto expectante y con ganas de ser sorprendida. Al salir de la estación de subte, me encontraba entre ombúes, frailes y filtros. El lector quizá ya lo sepa: hace 500 años cuando se fundó la ciudad por segunda vez y se repartieron las tierras, en la zona predominaban estos árboles; no por nada la chacra de Ortiz de Zárate -a quien se le cedieron las tierras-, se llamó "Los Ombúes". Más tarde fue habitada por los Frailes Recoletos, quienes le dieron el nombre al barrio. En la década de 1940, donde hoy nos encontramos, se hallaban los filtros de Obras Sanitarias de la Nación, demolidos para construir el edificio de la facultad.

Luego de recibir la bienvenida por parte de Juan Carlos Figueiras, en el Salón de Actos, el periodista y conductor Nelson Castro se hizo presente para comentar las obras que se escucharían en la primera parte del concierto.

El primer deleite llegó cuando los músicos salieron a escena: el público aplaudió hasta que apareció el último. La verdad, siempre me duele un poco cuando no es sostenido y los últimos veinte integrantes que salen, lo hacen en silencio. Esta vez fue diferente. Punto para el público.

Luego de aplaudir a un falso concertino (un violinista que entró después y que al parecer tenía un inconveniente con su silla) y de sí hacerlo con el verdadero, la orquesta se dispuso a afinar para comenzar el concierto. Primero, Benzecry nos dio la noticia de que uno de los violistas recientemente entró por concurso a la Orquesta Estable del Teatro Colón. Vayan las felicitaciones desde estas líneas para dicho músico.

El Director Titular de la orquesta es una de estas personas a gusto con su profesión y con ganas de que sus músicos progresen. No por nada, pasaron ya varios años desde aquel 1994 en el que fundó la orquesta. A día de hoy cuenta con un centenar de músicos, sin olvidar a la Directora Adjunta, los Directores Asistentes y más personas que están detrás y la hacen una realidad.

Parece mentira que una orquesta que debiera ser considerada como “semillero” de las orquestas profesionales y ser más valorada, haya sido olvidada este año, teniendo que trabajar más de un semestre sin remuneración y esperando hasta el mes de agosto para que se empezara a saldar la deuda. El lector seguramente acordará, sin importar la bandera política que enarbole, en la gravedad que conlleva dejar de lado a todas aquellas personas que día a día, crean y mantienen la cultura de este país.

Una vez que el coro de toses interpretó la tan famosa melodía pre-comienzo de concierto, la música comenzó a sonar.

La primera obra fue las "Variaciones Dowland" del compositor tucumano Eduardo Alonso Crespo, escrita entre finales del milenio pasado y principios de éste. Fue curioso, demostró que no hay que temer cada vez que un compositor argentino figura en un programa.

No puedo ser políticamente correcta: la gran mayoría de las veces que fui a un concierto y se encontraba anunciada una obra de un compositor argentino, los comentarios (o las expresiones de las caras) eran repetidas; nos falta todavía un tramo hasta incorporar la música compuesta por contemporáneos y dejar de describirla como "ruidosa", "rara" y "difícil de entender".

Alonso Crespo planteó algo totalmente diferente, una obra amable, que supo coquetear con el interés musical del público. Dicho en criollo: más parecida a música clásica. Claro, la obra se llama Variaciones Dowload en homenaje a John Dowload, un compositor inglés muy popular para su tiempo -quien existió, mientras Buenos Aires transitaba sus primeros años de vida-. Aunque he de decir, que cuando el piano dio comienzo al Tema y Variaciones, encontré a un Satie escurriéndose entre las notas, hasta encontrar a la flauta traversa.

La disposición de la orquesta se mantuvo todo el concierto, aunque con ausencia de algunos instrumentos dependiendo la obra. Violines primeros a la izquierda del director, a su lado los segundos y a sus espaldas, piano, arpa y percusión. Enfrente las violas -a la derecha del director- y al lado de ellas los violoncellos, mientras que por detrás los contrabajos y timbales. Mirando de frente al director y completando la formación, la sección de vientos.

La segunda obra, “Kol Nidrei”, de Max Bruch (1838-1920), prescindió de algunos músicos que se retiraron previamente a su ejecución.

Aunque se suele afirmar que Bruch era un compositor judío, en realidad era cristiano protestante. Se cuenta que escribió esta obra especialmente para la comunidad judía de Liverpool, cuando trabajaba como director de la orquesta de dicha ciudad.

Kol Nidrei (1880) se basa en dos melodías tradicionales hebreas. La primera, de donde toma el nombre, se realiza en la víspera del  Yom Kipur. Es una tefilá -oración o plegaria-, donde se anulan todas aquellas promesas hechas a Dios pero no cumplimentadas. La segunda, se inspira en el poema de Byron "Those that Wept on Babel's stream".

Esta obra incluye un violoncello solista, en esta jornada a cargo de Yetsabel Ramírez, intérprete venezolana que viajó por todo el mundo junto a la Sinfónica de Caracas. A subrayar su técnica, uso del arco y del vibrato.

La segunda satisfacción ocurrió cuando presté atención a los vientos en el recambio de músicos, entre obra y obra: dentro de la familia de los metales, la mitad de los ejecutantes son mujeres; tan poco común hace no tanto tiempo, pero que a día de hoy es una realidad. Podemos afirmar que ya no existen "instrumentos para hombres" o "instrumentos más delicados".

La tercera obra fue "Passione Amorosa" del italiano Giovanni Bottesini (1821-1889), el Paganini del contrabajo. Esta obra de tres movimientos planteada para orquesta sólo de cuerdas, incluye dos contrabajos solistas, esta vez, a cargo de Juan Manuel Fernández Rossi (1° contrabajo, el primero al lado del director) y Manuel Volpe (2° contrabajo). Ambos se encuentran estudiando en el Conservatorio Superior de Música "Manuel de Falla", es de destacar la labor de su profesor Edgardo Vizioli, sin dejar de notar la trayectoria de cada músico. Aunque los dos solistas tuvieron un buen desempeño individual y supieron entenderse y dialogar, brilló la actuación de Fernández Rossi por su personalidad, sonido y musicalidad.

 

 

Mientras la finalización del segundo movimiento era inminente, reconozco que pensé en aplaudir. Digo, lo hubiese hecho si estuviese permitido hacerlo entre movimientos. No sé si las decenas de personas que se encontraban allí presentes me leyeron la mente y cumplieron mi deseo, o realmente todos fuimos conmovidos por un movimiento tan expresivo y tan bien logrado, porque al acabar el Andante, la sala entera recompensó la interpretación. No me juzguen de antemano, aunque quisiera, jamás aplaudo cuando no debo.

Luego del intervalo, Nelson Castro comentó las obras de la segunda parte, que contendría obras de Beethoven y Borodin. El reencuentro halló al público un poco desganado. Esta vez los aplausos no esperaron a que todos los músicos aparecieran, aunque sí llegaron cuando el coro comenzó a ubicarse envolviendo a la orquesta. Éste estuvo compuesto por la Asociación Coral “Lagun Onak” y por el Coro de la Facultad de Derecho, dirigidos por Miguel Ángel Pesce, quien se presentó como un coreuta más.

Se interpretaron dos obras de Ludwig van Beethoven (1770-1827). Curiosamente, en el año en el que la muerte encontraba al Maestro, la Universidad de Buenos Aires festejaba sus primeros seis años de vida.

Por un lado, “Elegischer Gesang” (“Canto Elegíaco”) escrita en 1814, para su amigo el Barón Pasqualati, debido al fallecimiento de su esposa ocurrido tres años antes.

Luego se interpretó “Meeresstille und glückliche Fahrt” (“Mar calmo y viaje feliz”), creada en 1815, basada en dos poemas breves de Goethe. Cuenta la anécdota que el compositor le escribió al poeta comentándole sobre su obra, pero Goethe jamás le respondió. Se dice que esta actitud era normal en él.

La historia nos relata que sólo se encontraron en persona unos instantes en el año 1812, protagonizando una situación algo incómoda y que no volvieron a verse otra vez. Por la personalidad de cada uno, Goethe un tanto maleducado y Beethoven, orgulloso y efusivo, se puede suponer que no lamentaron demasiado el no haber podido construir una amistad.

Cuando acabó la interpretación, no sé si fue porque todos estábamos impactados por la belleza de la obra (o porque teníamos miedo de pifiarle, seamos sinceros), pero por un segundo nadie respiró en la sala. Fue un momento eterno donde todo se aquietó, antes del gran aplauso.

Estas obras, ambas con coro, contrastaron demasiado con la siguiente del compositor Alexander Borodin, quien otorgó más protagonismo a la orquesta y donde los forte y fortissimo predominaron en gran medida. Si había alguien dormido en la sala no le duró mucho el sueño, puedo asegurarlo.

Mientras disfrutaba a Beethoven (es de mis preferidos), el tic tic tic del reloj de la señora al lado mío estaba mortificándome. Aunque más o menos coincidía con el tempo, no podía evitar escuchar a la orquesta y al mismo tiempo cuestionarme por qué tengo tan agudizado el oído. ¿O aquel reloj sonaba particularmente fuerte?

Como sea, da cuenta que Beethoven fluctuaba más entre pianos y fortes, con crescendos incluidos, mientras que la pieza de Alexander Borodin (1833-1887) me dio esa paz mental haciendo desaparecer el tic tic tic de la señora. Punto para Borodin.

De este autor escuchamos las “Danzas Polovtsianas”, que en realidad son parte de su ópera “El Príncipe Igor”. Sin terminar por cierto, porque la parca vino a buscarlo antes. Por suerte, sus amigos Rimsky-Korsakov y otro Alexander, Glazunov, recogieron el guante y acabaron la obra.

Estas danzas adquirieron un protagonismo propio y generalmente se las interpreta como si fuese una pieza independiente. Aunque a veces se prescinde del coro, en esta oportunidad se escuchó la versión original, incluyéndolo.

En esta obra, a diferencia de las anteriores, se sintió algún detalle, que no quedó claro de dónde provenía. Sin embargo, en general el rendimiento de la orquesta y el coro en todo el concierto, fue más que bueno. El público opinó lo mismo, puesto que los aplausos desbordaban la sala no tan llena. El entusiasmo era notorio y el cariño hacia el Director, notable.

En síntesis, la elección de las obras para el último concierto de la temporada en la Facultad de Derecho, no tuvo desperdicio. Obras de entre 7 y 15 minutos de duración, dos de ellas con solistas y otras dos con coro, de compositores cuyos estilos difieren bastante entre sí, sumado a ello una obra de un compositor argentino.

La duración, variedad y diversidad ayudaron muchísimo a mantener la atención y a que el concierto sea ameno, en un momento del año en el que estrés y el cansancio de la rutina anual, se hacen más presentes que nunca.

Obras no tan usuales, pero agradables. Muy diferentes unas de otras. Cantidad pero sin agotar.

Un programa inmejorable.

 

Nota de interés: la temporada 2019 del “Ciclo de Grandes Conciertos” comienza el sábado 23 de marzo. Para enterarse de los programas de cada fin de semana, puede consultarse a través de Facebook, enviando un correo electrónico o llamando por teléfono.

 

Twitter y Facebook: /GConciertosDer

Email: grandesconciertos@derechouba.ar

Teléfonos: 4809-5649 / 5287-7013 (lunes a viernes), 4809-5600 (sábados)

 



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