La reivindicación de "Alzira", la ópera peruana de Verdi.



 

Los Elencos Nacionales del Perú ingresan por todo lo alto en el circuito internacional operístico, con una potente producción de esta ópera poco conocida de Giusseppe Verdi. 

 

Por Ariel Campero*

 

“Alzira” ópera de Giusseppe Verdi, con libreto de Salvatore Cammarano. Producción del Ministerio de Cultura del Perú en co-producción la Opera Real de Wallonie y el Teatro ABAO-OLBE de Bilbao. Dirección escénica de Jean Pierre Gamarra. Vestuario y escenografía, Lorenzo Albani. Jaquelina Livieri (Alzira), Juan Antonio de Dompablo (Zamoro), Jorge Tello (Guzmano), Xavier Fernández (Alvaro), Carlos Martínez ( Ataliva), Rosa Parodi (Zuma), Juan Pablo Marcos (Otumbo), Manuel Rodríguez (Ovando). Coro y Orquesta Nacional del Perú bajo la dirección de Oliver Díaz. Dirección General, Javier Súnico Reborg.

La elección de “Alzira” de Giusseppe Verdi, como la ópera que inauguró las celebraciones del Bicentenario de la Independencia peruana en el Gran Teatro Nacional, a primera vista podría resultar lógica.  Su argumento transcurre en Lima, los personajes son incas y conquistadores, la intriga ronda a la figura de Alzira, la hija de un cacique, convertida en una pieza de disputa entre el hijo del gobernador español y su amado Zamoro, un indígena que lucha contra el dominio hispánico.

Sin embargo, el estreno de esta pieza verdiana en el siglo XXI, a las puertas de la conmemoración de los 200 años de la independencia peruana,  implicó una re-lectura de esta ópera poco frecuentada en los escenarios. Los resultados han justificado plenamente su inclusión como una obra artística emblemática para discutir y analizar la identidad de los peruanos como Nación, como también, traer a la mesa de debate, otros temas sociales candentes que atraviesan a toda la sociedad peruana actual. Y esta afirmación no es gratuita, cuando un profundo análisis del nacimiento de esta ópera, nos remonta a la creación de Voltaire con su “Alzireou les americains”, una obra teatral estrenada en 1736, presentada como una exposición de las virtudes del cristianismo y las bondades de la tolerancia religiosa. No obstante, la inspiración de Voltaire provenía de, quizás, el primer humanista del recién descubierto continente americano: Gómez Suárez de Figueroa, más conocido como El Inca Garcilazo de la Vega, nacido en el Cusco en 1539, la primera personalidad mestiza quien sistematizaría en sus obras, la descripción más acabada de la civilización incaica, sobre su esplendor y su derrota. Sus Comentarios Reales de los Incas, publicados en 1609, fue una obra histórico-descriptiva de consulta obligada para los filósofos de la Ilustración europea del siglo XVIII, porque su contenido remitía a un modelo de sociedad distinta a la sociedad occidental del Antiguo Régimen. Junto a las obras del Inca Garcilazo, las crónicas históricas sobre la Conquista del Perú, de autores como Alfonzo de Zárate, Cristóbal de Mena o Pedro Cierza de León, o de los historiadores incas como Titu Cusi Yupanqui, también expondrían los abusos de los conquistadores, retroalimentando los argumentos de la “Leyenda Negra” española. Voltaire, como lector de Garcilazo pudo haber tomado los elementos de un suceso histórico concreto, como fue el rapto de la princesa Cura Ocllo, hermana y esposa de Manco Inca, el soberano títere designado por Francisco Pizarro como sucesor de Atahualpa; por Gonzalo de Pizarro, el medio hermano del conquistador del Perú. En consecuencia la “Alzire” de Voltaire no resultaba una obra utópica, porque estaba anclada en el trauma original del mestizaje que formó a la sociedad colonial americana. Sus rasgos principales permanecerían en la adaptación como libreto de Salvatore Cammarano para la ópera de Verdi, en el año 1845.

 

 

El estreno de “Alzira” como una ópera en el Teatro de San Carlo de Nápoles en septiembre de 1845 fue recibido con indiferencia, determinando que Verdi dejase de lado a esta pieza, sin someterla a la revisión posterior que realizó en varias de sus óperas “de los años de galeras”. La ópera desapareció del repertorio, registrándose pocos intentos para revivirla, excepto como una curiosidad musical dentro del canon verdiano.

Por lo tanto este retorno de “Alzira”,  a cargo de la producción Ministerio de Cultura del Perú, ha sido un hecho destacable, más aún, cuando la representación sucedió en la Lima descripta por Voltaire, Cammarano y Verdi. La puesta en escena a cargo del director de escena peruano, Jean Pierre Gamarra, - un egresado del ISA del Teatro Colón-,  fue un verdadero friso de la realidad peruana.  Utilizando como espacio para el desarrollo del drama, un rectángulo separado por cortinas de cadenas, como un símbolo de la opresión, la iluminación permitió crear ambientes que magnificaron el clima de opresión y angustia en el cual se desenvuelven los personajes. Toda la puesta estuvo surcada por alusiones a la historia del Perú contemporáneo: la vestimenta del coro y sus personajes evocaron en la primera parte, la estética de la República Aristocrática andina, retratada por el fotógrafo cusqueño, Martín Chambi Jiménez. En el segundo acto, el vestuario de la corte virreinal fue estilizado con gusto y con arte. Más poderosas fueron las evocaciones de la profanación de la Pachamama, representada por un rectángulo cubierto de vegetación, en donde se ubicó Alzira. Otro momento significativo fue cuando entre el prólogo y el primer acto, un audio  con fragmentos de los testimonios en quechua y en castellano, pertenecientes a la Comisión de la Verdad, señaló que la condición de opresión de los pueblos originarios continua vigente. Otro cuadro relevante transcurrió en el segundo acto, cuando las mujeres del coro portaron retratos de personajes desaparecidos, en una clara alusión a las marchas de las madres del dolor que se sucedieron durante el conflicto armado interno que asoló al Perú en los ’80 y ’90 del pasado siglo. Otros guiños actorales no resultaron indiferentes, tales como la insinuación de la violación de una mujer indígena por un sacerdote, las sombras de la manos de las mujeres en uno de los cuadros, en una obvia mención al movimiento “Ni una menos”, además de la representación del bautismo forzado de Alzira.

 

 

El elenco integrado por cantantes locales, salvo la participación de Jaquelina Livieri en el papel principal, fue homogéneo y con un alto desempeño vocal. Nuestra compatriota demostró una vez más, las razones que justifican su consideración como una de las jóvenes cantantes más brillantes de estos tiempos: su registro lírico tuvo una proyección extraordinaria sin disminuir su tono heroico y a la vez sensual. Livieri hizo gala del manejo de las coloraturas con maestría, tal como lo demanda la exigente partitura verdiana, además de manejar los matices con un control impecable. Su presencia escénica dio cuerpo a una Alzira hierática, trágica e imponente a la vez. La otra gran figura del elenco fue el barítono peruano, Jorge Tello, cuyo registro oscuro y potente supo brindar la carnadura al contradictorio personaje de Guzmano. Mostró un metal sólido, sin fisuras, con una línea de canto expresiva, además de un trabajo actoral memorable. El papel de Zamoro fue cantado por el tenor Juan Antonio de Dompablo, quien es poseedor de una voz de tenor lírico, pero cuyo manejo estuvo a la altura de las circunstancias. Su registro sonó brillante con la potencia exigida, con el agregado que supo intercalar expresiones dramáticas conforme a los requerimientos del texto, sin alterar la elegancia de la línea de canto. Muy buen desempeño del barítono, Xavier Fernández, como Álvaro y de Rosa Parodi como Zuma. Los personajes secundarios cumplieron sus papeles con la mayor solvencia.

El Coro Nacional del Perú, preparado por Javier Súnico, acompañó toda la obra con un alto desempeño coral, emparejándose con la excelente interpretación de la Orquesta Nacional del Perú, dirigida por el director español, Oliver Díaz. Evidentemente, los Elencos Nacionales peruanos han alcanzado su mayoría de edad artística, esperando que pronto comiencen sus presentaciones en giras internacionales, lo que nos permitiría apreciar el crecimiento cultural del Perú en este ámbito.

“Alzira” de Verdi ha retornado a los escenarios, en el lugar más indicado: la mismísima Lima, ciudad en dónde Voltaire, Cammarano y Verdi, colocaron el drama de Alzira y la tragedia de la conquista y la destrucción de una civilización. Gracias a la producción del Ministerio de Cultura del Perú y a los Elencos Nacional de ese país, “Alzira” ha sido una experiencia musical brillante para inaugurar el Bicentenario del Perú, permitiendo revisitar la historia peruana, mediante esta resucitada opera verdiana.

 

*El autor es Agregado Cultural de la Embajada Argentina en el Perú.

 


 




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