Giovanna D´Arco bien planteada y florida en el Teatro Real de Madrid



PH: Javier del Real

No resbaló en la tentación de una música simplista, comodona y de lectura rápida, para dar cuerpo a este verdadero paquebote armónico y sentido, en el que todos los participantes confluyeron para lograr una velada de éxitos y aplausos. Giovanna d´Arco, tout à fait! 


Por Alicia Perris.

 

Una de las figuras más icónicas de la Edad Media europea, es sin duda la de Juana de Arco (en francés: Jeanne d'Arc), también conocida como Santa Juana de Arco o la Doncella de Orléans (en francés: La Pucelle d'Orléans; Domrémy, 1412-Ruan, 30 de mayo de 1431).   

Una joven campesina francesa que guió al Ejército francés en la guerra de los Cien Años contra Inglaterra, logrando que Carlos VII de Valois fuese coronado rey de Francia. Posteriormente fue capturada por los borgoñones y entregada a los ingleses. Los clérigos la condenaron por herejía y el duque Juan de Bedford la quemó viva en Ruan, el 30 de mayo de 1431, aunque más tarde fue rehabilitada y canonizada como santa Juana de Arco. Su festividad se conmemora el día del aniversario de su muerte, el 30 de mayo, como es tradición en la Iglesia católica.

Había nacido en Domrémy, un pequeño poblado situado en el departamento de los Vosgos en la región de la Lorena, Francia, ya con 17 años encabezó el Ejército real francés. Convenció al rey Carlos VII para que expulsara a los ingleses de Francia, y este le dio autoridad sobre su ejército en el sitio de Orléans, la batalla de Patay y otros enfrentamientos en 1429 y 1430. Estas campañas revitalizaron la facción de Carlos VII durante la guerra de los Cien Años y permitieron la coronación del monarca.

La fama de Juana de Arco se extendió inmediatamente después de su muerte: fue venerada por la Liga Católica en el siglo XVI y adoptada como símbolo cultural por los círculos patrióticos franceses desde el siglo XIX. Fue igualmente una inspiración para las fuerzas aliadas durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. 

Desde hace años es el símbolo de la derecha más ultramontana de Francia, quien, con los políticos de la familia Le Pen sobre todo, la consideran ejemplo de patriotismo, defensora a ultranza del territorio francés contra la supuesta amenaza de Europa y la inmigración y de la identidad gala más tradicional y conservadora.

En cuanto al rey al que Juana ayudó a coronarse y a vencer a los ingleses, poco bien puede hablarse de esta figura evanescente y errática en la política de su tiempo. Carlos VII vivió inseguro. Sus primeros años de vida dejaron una profunda huella negativa en él; la extraña mortandad entre sus hermanos mayores, la locura de su padre, el rechazo de su madre; el asesinato, ante sus propios ojos, de su tío Juan sin Miedo; y la pérdida de sus títulos tras la firma del Tratado de Troyes, provocaban en él ataques de terror cuando recordaba su infancia y juventud. 

El joven Carlos se desconcertaba ante la vista de extraños, se tienen evidencias que señalan que si veía a un hombre desconocido mientras comía, podía pasar todo el rato observándolo sin probar bocado. Ninguna referencia cercana pues  al brioso y decidido monarca que imagina Verdi, con una música fogosa, fácil pero deliciosa al oído, muy bien defendida por el tenor norteamericano a cargo de ese papel, Michael Fabiano. 

También este año, el Teatro Real despide su temporada lírica con una ópera en versión de concierto, protagonizada por Plácido Domingo, con tres funciones de Giovanna d’Arco, de Giuseppe Verdi, los días 14, 17 y 20 de julio, que se alternarán con Il trovatore, en escena hasta el 25 de julio.

Plácido Domingo interpreta el papel del viejo pastor Giacomo, al lado de la soprano Carmen Giannattasio, en el rol titular, y del tenor Michael Fabiano, como el rey Carlos VII de Francia. Actuarán junto con Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real –Coro Intermezzo y Orquesta Sinfónica de Madrid- bajo la dirección de James Conlon.

Siguiendo sus pasos desde que estrenaba en el Covent Garden de Londres La Fanciulla del West, hace décadas, o cantaba como tenor el Don Carlo de Verdi en el Teatro de La Zarzuela, la estela de Domingo es enorme y se amplifica a medida que se sigue produciendo en escena.

 Todos éramos muy jóvenes entonces, él menos, pero comenzaban ya los relumbrones de una carrera, donde, surfeando de la tesitura de tenor a barítono, sigue conquistando los públicos y casi toda la crítica española e internacional. 

Giovanna d’Arco es la séptima ópera del catálogo verdiano y pertenece al corpus de su primera etapa como compositor, en la que afloran ya la arrebatadora fuerza dramática de su música y sus hermosas melodías, pese a las limitaciones del libreto de Temistocle Solera, con el que Verdi había trabajado previamente en Nabucco, I lombardi y Attila.

Partiendo  de una adaptación libre (o mejor, libérrima, desarticulada y completamente alejada de la mínima ambición histórica) del drama de Friedrich Schiller, autor que ha inspirado también I masnadieri, Luisa Miller y Don Carlo. 

La trama de la ópera se vertebra en torno a la indómita personalidad de Giovanna d’Arco, irreconocible en esta literatura más cerca de los típicos conflictos verdianos y operísticos en general, que de una de las figuras más controvertidas de la historia de la Francia medieval que se debate aquí,  entre el servicio a su patria y sus sentimientos y emociones personales.

Como escribe Ramón Pla i Arxé, el libreto de Giovanna d´Arco, “es un “excitante recorrido a través de algunos dioramas románticos: cuadros rurales, pintorescos, batallas cruentas, cárceles, pastores, reyes, prodigios y milagros”.

Efectivamente y coincidiendo con las palabras del director artístico Joan Matabosch para el programa de mano de las funciones, “en las inspiradas, a veces irresistibles arias, dúos, y concertantes de la partitura que inspiró el texto de Solera, agradecemos que Verdi fuera uno de los grandes artistas que hiciera suyo el mito” (como G. Bernard Shaw, Arthur Honegger, Paul Claudel, Roberto Rossellini, Otto Preminger, Robert Bresson, Jacques Rivette o Luc Besson, cineastas, músicos y escritores. “Todos se han apropiado del mito de la pobre Juana de Arco”).

Para cerrar su consideración sobre el atrevido Solera, Matabosch termina: “Aunque también tengamos que lamentar que no recurriera a un libretista con menos ambición y más talento”.

De hecho, Temistocle Solera (Ferrara, 25 de diciembre de 1815 - Milán, 21 de abril de 1878), escribió los libretos de algunas de las primeras óperas de Giuseppe Verdi. También compuso algunas óperas y fue empresario teatral, concretamente en el teatro Real de Madrid a partir de 1851. Oberto, conte di San Bonifacio, y reiteramos  Nabucco, I Lombardi alla prima crociata, Giovanna d'Arco y Attila. Analizada la propuesta de Solera, se puede concluir que es lo menos logrado de esta ópera, por hacer un balance diplomático y contenido. 

En cuanto al reparto, como siempre es una apuesta segura el magnífico coro dirigido por el maestro Andrés Máspero, que canta, con más de 50 voces, como una sola alma multiplicada siempre en corazón y esfuerzo. Un clásico exitoso y de gran nivel para funciones que llegan a buen término. 

EL tenor Michael Fabiano, como el rey Carlos VII, recrea un monarca que, afortunadamente, nada tiene que ver con su original histórico: es apasionado, inteligente, sensible, ama a Juana y es un apoyo seguro para la Doncella. Fabiano, nacido en Nueva Jersey de ascendencia italiana tiene un instrumento fluido, franco, tumultuoso, con un caudal que, por momentos, parece inagotable. Debió ser todavía más recompensado por los asistentes durante el desarrollo de la ópera, en sus diferentes intervenciones.

Carmen Giannattasio, soprano italiana graduada en el Conservatorio Cimarosa de Avellino presentó un magnífico vestuario, con joyas rutilantes, lejanos por cierto del que llevaría Giovanna e incluso los más ricos de aquella Edad Media que imaginamos huyendo de la peste, las Cruzadas y sembrada de mugre y supersticiones.

La voz, en cambio y su actuación, pudieron mejorarse: falta de entrega, insegura e irregular en su emisión, y una dicción difícil de entender por momentos, a pesar de ser italiana, seguramente menguada por la dificultad para hacerse con una parte vocal que tiene sus exigencias, porque siempre escribe así el maestro de Bussetto para los cantantes. No convenció, aunque mejor en los tercetos o con el coro.

Moisés Marín, es un tenor granadino, alumno del bajo-barítono Carlos Chausson, con una intervención más corta, que defendió con seguridad y soltura. Muy bien. 

Fernando Radó, barítono-bajo argentino, invitado por Daniel Barenboim para perfeccionarse en Operastudio, tiene muchos premios y ha paseado roles y teatros en su carrera. Posee un fraseo atento, una buena expresividad, capacidades musicales evidentes, dicción clara y cumplió sin problemas, en excelente equipo con sus otros compañeros en el palcoscenico.

Y finalmente, Plácido Domingo, ese portento, cuya vitalidad y solvencia han tratado de dilucidar siempre y en especial estos últimos días, de nuevo, los colegas de la prensa especializada.

Como Leo Nucci, barítono en origen, Domingo sabe y puede cantar en las circunstancias que su albedrío y la ocasión le ofrezcan. Se lo vio y escuchó dispuesto, pendiente, colaborador con la magia coral e instrumental del conjunto (no por nada, además, ejerce a veces de director musical en muchas producciones, sabe el oficio, que no tiene secretos para él).

Como dice el refrán castizo: “quien tuvo, retuvo” y Domingo fue uno de los portentosos 3 tenores que encandilaron al mundo con sus voces y sus aportaciones felices y festivas. Fallecido Pavarotti, retirado Josep Carreras, Domingo como en el folklore mexicano, “sigue siendo el rey”. Y como tal, sabe sus posibilidades, juega sus cartas y tiene sus trucos.

Su actuación y su voz tienen algo de magnético, de facilitación de una cierta hipnosis colectiva y también de admiración y respeto: se valora lo que ha sabido hacer con el irreparable paso del tiempo y con las necesidades, más longevas y elásticas, de hacer posible el disfrute y la producción de buena música. 

A caballo entre el mito y el artista que nunca baja la guardia y entra en escena para relacionarse con el público con ojo de rapaz, omnisciente espectador de todo, volverá “si la salud vocal se lo permite” la temporada que viene, para cerrarla en el papel de Germont de Traviata.

Last but not least, el maestro James Conlon, asiduo en el Teatro Real, posibilitó con su batuta una concertación inteligente y constante de instrumentos y voces, sin convertir esta partitura joven de Verdi en una experiencia que podría derivar en lo fácil y ramplón de una sucesión de intervenciones corales y de arias, dúos, tercetos, enlazados sin gracia.

No resbaló en la tentación de una música simplista, comodona y de lectura rápida, para dar cuerpo a este verdadero paquebote armónico y sentido, en el que todos los participantes confluyeron para lograr una velada de éxitos y aplausos. Giovanna d´Arco, tout à fait! Volvemos, todos,  en septiembre…

 

 


 

 

Dramma lirico en prólogo y tres actos. Música de Giuseppe Verdi (1813-1901). Libreto de Temistocle Solera, basado en la obra de teatro Die Jungfrau von Orleans (1801) de Friedrich von Schiller. Miércoles 17 de julio, 2019

Estrenada en el Teatro alla Scala de Milán, el 15 de febrero de 1845

Estreno en el Teatro Real

Ópera en versión de concierto

Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real

(Coro Intermezzo / Orquesta Sinfónica de Madrid)

 Equipo Artístico

Director musical, James Conlon

Director del Coro, Andrés Máspero

Preparadora y apuntadora, Nino Sanikidze

Reparto

Carlos VII, Michael Fabiano  

Giacomo, Plácido Domingo

Giovanna, Carmen Giannattasio

Delil, Moisés Marín

Taldot, Fernando Radó

 



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